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¿Me
permites compartir contigo una experiencia personal que viví la
semana pasada?
El martes por la mañana, con mi mujer, fuimos a buscar un cuadro que
compramos y lo llevamos a casa. Provisoriamente dejamos el cuadro en
un sillón, para luego, más tarde, buscar un lugar y colgarlo en la
pared.
Transcurrió
el día, y al anochecer fuimos a tomar el cuadro para proceder a
colgarlo. Grande fue nuestra sorpresa, al ver que el sillón estaba
vacío, no había nada en él. "Claro, seguramente la señora que
vino a hacer la limpieza guardó el cuadro en algún lugar." -
pensamos - "Seguramente debe estar detrás del sillón".
No estaba detrás del
sillón... ni detrás del televisor, ni de la puerta. La cuestión es
que buscamos por toda la casa, durante alrededor de media hora. Sin
éxito. El cuadro no aparecía.
Realmente era un
misterio. El cuadro medía casi un metro por lado, por lo cual no
había tantos lugares en la casa como para guardarlo. Sin embargo no
aparecía en ningún lugar.
Finalmente nos
rendimos, y decidimos esperar hasta el día siguiente, para
preguntarle a la señora dónde había guardado el bendito cuadro.
Justo en ese momento levantamos la vista y vimos el
cuadro,
colgado prolijamente en la pared, sobre el sillón. Estaba
delante mismo de nuestros ojos, pero no lo habíamos visto. Estábamos
tan condicionados por lo que nos parecía obvio, que esa misma
obviedad nos cegaba.
Este
pequeño suceso cotidiano me sirvió como metáfora a una pregunta que
me venía haciendo en los últimos días: ¿Qué es lo que hace que
nuestros cursos y seminarios tengan tanto éxito? ¿Por qué
quienes participan en los mismos se muestran tan agradecidos y
felices de haber asistido? Más allá de nuestra experiencia y
dedicación profesional, creo que lo que marca la diferencia son las
distinciones del coaching ontológico. Los participantes
comienzan a distinguir lo que hasta ese momento permanecía
oculto: Hechos, interpretaciones, hábitos, costumbres,
creencias, obviedades, viejos aprendizajes, potencialidades,
recursos, posibilidades, etc...
Esta
nueva mirada no sólo nos permite iluminar espacios de ceguera, sino
que también nos brinda una maravillosa posibilidad: la de intervenir
en nuestra propia transformación y lograr resultados que hasta ese
momento parecían imposibles.
Encontrar "el
cuadro" perdido es encontrar una nueva posibilidad de ser, de
hacer y de tener.
Gracias. Pablo |